Tal vez no sea el acto más multitudinario de las fiestas o el más conocido por el ancho mundo, pero la Procesión ha sido, es y será, el acto grande del día grande de las fiestas. No en vano, hoy se rinde culto a aquel que todo lo ve y con su capote todo protege. San Fermín, una vez más, vestido de gala, ha recibido el cariño y la lágrima de cientos, de miles de navarros, y no tan navarros, que con su blanco reluciente y su pañuelo anudado al cuello se han dejado las manos aplaudiendo. Nada ha importado la baja temperatura y el agua colgando. Navarra, y con ella su capital, han seguido a San Fermín a lo largo de su recorrido por las calles de Pamplona. Previa a la salida del Santo, y como es tradición, la corporación en pleno, vestida de gala, ha ido a la Catedral a buscar al Cabildo para posteriormente dirigirse a la iglesia de San Lorenzo y sacar al Patrón. Se han vuelto a vivir los momentos emotivos de siempre: la jota “al Glorioso” en la Plaza del Consejo; parada en el Pocico de San Cernin con dos niños colocando rosas en la peana del Santo mientras los txistularis tocaban el Agur Jaunak; o la jota entonada en la calle Mayor.
Tras tanto ajetreo, San Fermín ha vuelto a su Capilla donde ha presidido la Misa que le ha dedicado el Ayuntamiento, la jerarquía eclesiástica y cientos de fieles.
Concluido el oficio religioso, muchos de los congregados han acompañado al cabildo hasta la Catedral donde se ha vivido uno de los actos más emotivos conocido como el “momentito”: los gigantes bailan en el atrio de la Catedral al son del txistu y la gaita mientras suena el tañido de las campanas, los clarines y la música de la banda municipal. Destaca especialmente el sonido de la campana “María” y sus 12.000 kilos, la segunda más grande de España fabricada en 1548.
De nuevo, “San Fermín, en tu pañuelo, se anudan gentes del mundo entero”.