Ganado: seis toros de Herederos de José Cebada Gago, estupendamente presentados, en tipo, astifinos, nobles con casta, transmitieron y dieron buen juego en general, salvo el manso rajado tercero y el complicado quinto. Segundo, cuarto y sexto fueron aplaudidos en el arrastre. Fue una buena corrida de toros, de toros de verdad.
López Chávez: vuelta tras petición y vuelta tras aviso.
Francisco Marco: oreja y silencio tras aviso.
Fernando Robleño: silencio y oreja.
Presidencia: a cargo de Juan Luis Sánchez de Muniain, asesorado por Pedro Andrés Díaz de Rada e Ignacio Usechi, no midió los pañuelos con el mismo rasero, un lunar que empañó su actuación.
Incidencias: lleno. Tarde soleada. Un alguacil se retiró del ruedo a pie antes de la recogida de llave de toriles. Mal algunos de solanera; concretamente, los «graciosísimos» de todos los años que arrojan las cintas y todos aquellos que lanzan almohadillas al ruedo, antes incluso de que termine el festejo.
Tras la pesadilla de la primera de feria, la plaza pamplonesa recobró ayer el sabor taurino que debe retener gracias al buen juego de la corrida de Cebada Gago. Salvo ese garbanzo negro que fue el tercero, manso, descaradamente rajado desde el segundo tercio, el resto formaron un conjunto armónico, estupendamente presentado, astifino, con perchas para colgar varias docenas de gabardinas, y de buen juego.
Fueron toros para triunfar, que permitieron el toreo sin problemas, que mostraron nobleza pero no tontorrona, aborregada, sino encastada, lo que permitió la transmisión y dio interés e importancia al festejo. Ahora bien, fueron toros, toros. Cuatreños nobles y listos, a los que había que hacer las cosas bien y, sobre todo, no perderles nunca la cara. Y todos estuvieron bien en tipo, como el año pasado. Ya está bien de tener que aguantar las voces de críticos de otros lares que insisten en afirmar que en Pamplona sale el toro destartalado. Quizá se deba a que tienen que ir a Madrid y venir aquí para ver el toro serio, el de verdad. Y como muestra, un botón. Los pesos de los cebadas oscilaron entre los 485 kilos de los menores y los 505 del más pesado.
Voluntad y entrega
Respecto a los diestros, la entrega de trofeos conllevó cierta polémica. Si a Marco se le concedió una oreja, a López Chaves también se le tenía que haber dado. La diferencia de pañuelos no fue apreciable, aunque la faena del navarro tuvo más sólidos cimientos. Ahora bien, salmantino y estellés estuvieron muy por encima del madrileño, que, buena estocada aparte, estuvo muy por debajo del que cerró plaza, de Montañista , el mejor toro de la tarde, un astado de buena nota, al que no entendió en ningún momento. Realmente, se le fue ese toro aunque maquilló sus defectos con ese estoconazo.
Robleño no lo entendió en ningún momento, tal vez por mantenerse aturdido mentalmente tras esa portagayola de la que salió arrollado. Lo toreó embarullado, en series cortas con la diestra sin limpieza, en ayudados atropellados, falto de serenidad, de asentamiento ante la casta. Y tampoco convenció ante ese rajado tercero, ya que, aunque se peleó con él, tuvo que intentar llevarlo desde el principio al terreno opuesto a su descarada e insistente querencia.
López Chaves dibujó frente al cuarto las dos mejores tandas de derechazos, bajando la mano y ligando los muletazos con quietud. Pero acabó asfixiando al toro por no darle más distancia y el «cebada» se acabó pronto. Lo más vulgar de su actuación fueron esos desplantes y esas otras concesiones a la galería en forma de toreo genuflexo, alejado del clasicismo y amigo de lo bullanguero. Así se mostró ante el que abrió plaza. Se movió entre lo valiente y lo vulgarote.
Francisco Marco ya tiene el honor de haber cortado el primer trofeo de la feria. Un trofeo ganado con honradez, entrega, buenas dosis de gusto y toreo de verdad. Tuvo una buena actuación y más si se tiene en cuenta que el de ayer fue su primer paseíllo de la temporada vestido de luces. El mejor toreo de capa surgió de sus templadas en manos, en un quite por chicuelinas al primero, en un ramillete de sedosas verónicas frente al segundo y en el medido y apretado quite por navarras ante los puñales del quinto. Con la muleta trazó limpias series con la diestra ante su primero. Ligó, templó y bajó la mano en alguna ocasión. Al natural alargó y acompañó la embestida. Quizá pecó de no darle mayor distancia. El quinto fue otro cantar. Se revolvía pronto y se quedaba en el muletazo. Con mayor rodaje, hubiese sido otro cantar.