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Oficina Internacional de Prensa Sanfermín

Desconcierto sin dolores

Crónica de la Corrida. 09/07/2005.

Ganado: seis toros de Dolores Aguirre, bien presentados aunque desiguales, serios de cara, mansos con complicaciones y de juego dispar, que tragaron en la muleta.

Eduardo Dávila Miura: silencio tras aviso y silencio.
Serafín Marín:
vuelta al ruedo y saludos desde el tercio.
Luis Bolívar:
silencio en ambos.

Presidencia: a cargo de Cristina Sanz Barrios, asesorada por Javier Eguiluz y Emilio de Hita, cumplió correctamente su cometido.

Incidencias: lleno. Tarde de nubes y claros. Bolívar hizo el paseíllo desmonterado. Las peñas homenajearon al maestro Turrillas, con la entrega de una placa conmemorativa a sus hijas. Un espontáneo saltó al ruedo entre el cuarto y el quinto, y fue interceptado con eficacia por la Policía Foral.

 

La tarde de ayer resultó desconcertante por varios motivos. El primero de ellos, por el juego de los «dolores». Muy corretones de salida en general, mansearon en el primer tercio, impusieron respeto en el segundo y, sin embargo, se dejaron hacer en la muleta aunque sin dar facilidades. Tuvieron sus complicaciones. Y algunos, peligro sordo. Fueron toros serios, toros toros, para diestros dominadores. Y ayer, salvando a uno, no los hubo.

El desconcierto vino dado también por las malas lidias que padecieron los cuatreños. Siempre muy sueltos, el ruedo durante el tercio de varas y de rehiletes fue un verdadero desorden. Faltaron capotes profesionales para pararlos y evitar que se arrancasen tantas veces a los montados.

Esto no quiere decir que los de Aguirre peleasen bien frente a los jacos. Algunos empujaron bien en la primera vara, sobre todo a favor de querencia, pues de fuerza anduvieron sobrados. Sin embargo, la mayoría salieron rehuidos de la segunda vara. Y como el desorden fue persistente, recibieron unos cuantos picotazos de regalo.

Lo más escandaloso fue la lidia del sexto. En el ruedo pamplonés se presenció un espectáculo deplorable, más propio de capea pueblerina que de Feria del Toro. Imperó el desorden. Yegüizo campó a sus anchas. Fue libremente de un peto a otro, desde lejos, pero no porque el matador lo pusiera de largo. Mal el matador en este sentido pero peor el director de lidia, un curtido diestro que se desentendió del tema y no puso nada de su parte para evitar tan indigno desorden.

Y el desconcierto intentó llegar asimismo desde el tendido, cuando un espontáneo saltó al ruedo a la catalana. Bien por la Policía Foral, que reaccionó con prontitud y placó al osado con una nueva suerte, zancadilla a la navarra, en plancha, por delante y con bravura.

Escaso toreo

Dávila no tuvo su tarde. Frente al primero, su mayor mérito consistió en lograr meter en la muleta y hacer repetir a ese insistente manso que buscaba el calor del tendido 7. Lo metió en la canasta, por ambos pitones, ligando los muletazos pero anduvo aperreadillo con el descabello.

Todo lo contrario le sucedió con el cuarto, tan noble como soso, sin fondo. Sus muletazos no pudieron transmitir en ningún momento pues no había materia prima para ello. Pero, por el contrario, acertó con una casi entera que valió.

El catalán Marín tuvo una tarde de dignidad torera. Recibió a sus dos toros con buen toreo a la verónica. Estuvo por encima del primero, que derramó vista por el derecho. Le puso la muleta en la cara, tiró de ella y terminó atrás los ligados derechazos. Faltó poco, media espada, para que pasease un trofeo. Ante el quinto, complicado, se justificó.

A Bolívar le vino grande la tarde. Demostró no estar preparado para tal compromiso. Vino de la mano de Victorino. Pase por una vez. Pero no por más. En el toreo, como en la vida, hay que saber esperar. Victorino lo sabe.

 

 

 

 




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