Ganado: cinco toros de Juan Pedro Domecq y uno, el quinto, con el hierro de Toros de Parladé, de la misma casa ganadera, bien presentados, serios de cara pero atacados de kilos, nada sobrados de fuerzas, mansos, nobles, sosos, apagados y descastados, salvo el segundo, un buen toro, con clase, repetidor y con largo recorrido. Fue aplaudido en el arrastre.
Enrique Ponce: silencio en ambos.
Miguel Abellán: oreja con leve petición de la segunda y vuelta por su cuenta.
Matías Tejela: silencio en ambos.
Presidencia: a cargo de Javier Ayesa, asesorado por Pedro Ascunce e Ignacio Usechi, cumplió bien su cometido.
Incidencias: lleno. Tarde soleada y calurosa. El subalterno Romerito destacó con las banderillas frente al segundo.
«Borriquito como tú, tururú...» se cantaba hace años, al ritmo de Peret, en el Club Natación de esta ciudad, durante la tradicional fiesta de la Sampedrada. Bueno, pues lo de ayer fue algo parecido pero sustituyendo asnos por toros aborregados, de embestida noble pero sosa, apagada, justita de raza, babosera. Así fue la «juampedrada» de esta Feria del Toro. Otra corrida que quitó brillo a la Feria del Toro. Y otro hierro que se ganó un más que merecido descanso. Si las figuras lo exigen para torear aquí, pues que tampoco vengan ellas, que, tal y como estuvieron ayer, tampoco se les va a echar en falta. El ganadero trajo a Pamplona los seis toros más grandes de su camada, cuatreños fuera de tipo en esta ganadería; toros «con mochila», con un sobrepeso de unos cuarenta kilos. Y en estas condiciones, el resultado fue nefasto.
Única oreja
Sólo el segundo, un buen toro, dio oportunidades al diestro de turno, que no estuvo mal frente a él pero pudo estar mejor.
Casualmente, el buen Venablo fue el más ligero de los «juampredros». Sus 530 kilos le permitieron desplazarse alegre, humillado, en largo recorrido. Rehuyó del primer encuentro con los montados pero empujó con fijeza en el segundo. En el último tercio tuvo calidad y Abellán sacó partido de él a su modo, con más voluntad que arte. Por desgracia, comenzó su trasteo en el centro del anillo pueblerina, bullangueramente. Se tiró de rodillas y con la diestra intentó templar las largas embestidas del burraquito. Después, ya de pie, lo toreó por ambos lados, templado, con limpieza, en cuatro tandas que alegraron unos tendidos ansiosos de diversión y cansados de aburrimiento.
Abellán toreó como sabe hacerlo, siempre algo acelerado, nervioso, sin dar esos tiempos, esos respiros tan necesarios. Posiblemente, Venablo mereció otras distancias y otras manos para lucir más. La faena continuó con un toreo en redondo, interrumpido por una duda del diestro que se materializó en una colada. Fue la única gota de emoción de una tarde decepcionante, de otra más. Y ya van unas cuantas. Se tiró a matar y dejó una entera desprendida, que causó tal impresión que incluso unos cuantos reclamaron el segundo trofeo, ése que todavía ninguno de los de a pie ha conseguido cortar. Y cada vez falta menos.
El quinto fue un sobrero que acabó como titular, que fue a menos y se acabó pronto, tal vez por lo que recibió en varas. Abellán se enteró tarde de que el cuatreño tenía veinte muletazos. Pese a ello, se justificó y, listillo él, se inventó por la cara, «por la patilla», una vuelta al ruedo tras tres pinchazos y un golpe de descabello. ¡Qué cara!
Tejela estuvo digno con su primero, un sosote que embestía al pasito. Toreó bien con la diestra en un par de series. Al natural dijo muy poco. Pero, como falló al matar, la cosa quedó en nada.
Frente al sexto, más de lo mismo. Pases y más pases ante unos tendidos que soñaban ya con poder pasear por la ciudad. Quiere ser figura y fue vulgarote.
Ah! Ponce también hizo el paseíllo. Pero.... visto y no visto. Muleteó con limpieza, aseadísimo, al soso que abrió plaza. Y nada pudo hacer frente a ese mulo parado que salió en cuarto lugar. Ponce estuvo en Pamplona, sí, pero los aficionados se quedaron con las ganas de verle torear.