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Oficina Internacional de Prensa Sanfermín

Uceda Leal supera los dolores.

Aguirre trajo una corrida dura, de toros de verdad, que soportaron largo castigo de los del castoreño.

Crónica de la Corrida. 08/07/2006.

Ganado: Seis toros de Dolores Aguirre, muy bien presentados, serios de cara, astifinos, con fuerza, que, muy castigados en varas, resultaron problemáticos en el último tercio, salvo el primero, con transmisión, encastado, y el quinto, más manejable que el duro conjunto. Fue una corrida de toros toros.

José Ignacio Uceda Leal:
vuelta al ruedo y silencio.
Eduardo Dávila Miura:
silencio y silencio tras aviso.
Fernando Robleño:
silencio en ambos.

Presidencia:
a cargo de Ignacio Polo, asesorado por Alejandro Asenjo e Ignacio Usechi, cumplió bien su cometido, pasó desapercibida.

Incidencias:
lleno. Tarde soleada y calurosa. Uceda Leal sufrió una espectacular cogida que se saldó con un varetazo abdominal y diversas contusiones, de pronóstico leve.

Los toros de Dolores Aguirre, como casi siempre, dieron interés a la segunda corrida de la Feria del Toro. Fueron toros toros, toros de verdad, con astifinos pitones que se asimilaron a puñales en algunos casos, y sobre todo con fuerza, uno de los ingredientes básicos para que la Fiesta se mantenga en pie y siga llevando aficionados a la plaza.

Y pese a que todos firmaron detalles de mansos, en conjunto cumplieron frente a los montados y soportaron un duro castigo, de dos varas e incluso de tres, algo que pocas ganaderías de la actualidad soportan.

En la muleta resultaron problemáticos, por corto recorrido y por revolverse enseguida unos y por mostrarse inciertos, desconcertantes otros.

Con todas estas características, el resultado se tradujo en un festejo interesante. El público no anduvo de cháchara con sus compañeros de localidad sino que siguió atento el acontecer del arenoso ruedo.

En tales condiciones, no cabía otra opción que dar la cara y pelear. De tal lucha, dos de los espadas resultaron vencedores, por su labor y por lograr salir ilesos, y el otro, segundo en el orden de lidia, defraudó.

Uceda Leal dio la cara con el que abrió plaza y salió a por todas. Es una pena ver anunciado a uno de los diestros más elegantes del escalafón con este tipo de corridas, con estos toros duros.

Pero el madrileño quiso ser alguien, hacer buena la expresión de o salgo por la puerta grande o por la de la enfermería. Y, en distintos momentos, pudieron ocurrir ambas cosas.

Con la muleta, comenzó su faena en el centro del anillo y de rodillas. Pero los toros de Aguirre no son tontos y en el segundo muletazo por alto, Yegüizo alcanzó al diestro y lo levantó espectacularmente. La imagen hizo pensar en una cornada, en ensangrentado hule. Su taleguilla estaba destrozada y en la culera se podía apreciar un rojo manchón que anunciaba herida. Sin embargo, ésta no se había producido.

Uceda se repuso y, en un gesto de hombría que le honra, se creció y se fue a por Yegüizo, que, como arrepentido, embistió muy humillado y repitió. Así llegó una plástica conjunción en tres series de derechazos, en los que alternó voluntad y gusto. El de Madrid tenía casi en su mano una oreja ganada a pulso y sumergido en sudor pero pinchó y el triunfo no terminó de redondearse.

Dio la vuelta al ruedo, sí, aunque no hay que olvidar que en ningún momento lo intentó por el pitón izquierdo, que quedó inédito, secuestrado para el espectador. Su segundo, Comadroso, quiso imponer respeto y, algo bravucón, acabó derribando a caballo y picador. En la muleta, Uceda lo intentó por el derecho, pero el toro siempre se quedó cortó y se revolvió buscando. Al final tiró por la calle del aliño y, por lo menos, no alargó el tema, aunque, otra vez, nada quiso saber del toreo al natural.

Fernando Robleño se mostró como lo que es, un luchador honrado, un gladiador acostumbrado a tragar y bailar con la más fea. Su mérito ante el tercero fue que logró meterlo en la muleta, en un trasteo que, sin alcanzar gran tono, fue a más y tuvo dosis de conexión con los tendidos. Su segundo, el famoso Carafeo, simplemente fue imposible.

Por último, el gran problema de Dávila Miura es que nunca llegó confiarse y lo pudo hacer frente a ese quinto que le brindó una oportunidad con la muleta.


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