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Oficina Internacional de Prensa Sanfermín

Para osbornes... los de las carreteras

Castella cortó una épica oreja, cobrada con serenidad temeraria y a costa de una grave cornada

Crónica de la Corrida. 11/07/2006.

Ganado: seis toros de Rosario Osborne, bien presentados, serios de cara, astifinos, descaradamente veletos, pero mansos, descastados, muy justos de fuerza y escasos de motor. Una mala corrida de toros.

David Fandila "El Fandi":
silencio en ambos.
Sebastian Castella:
saludos desde el tercio y oreja tras aviso.
César Jiménez:
saludos desde el tercio tras aviso y silencio.


Presidencia:
a cargo de José Antonio Manso, asesorado por Dolores Salvo e Ignacio Usechi, cumplió bien su cometido aunque el presidente estuvo distraído cuando el diestro francés pidió permiso para entrar en la enfermería, despiste que solventó gracias a su buen asesor artístico.

Incidencias:
lleno. Tarde nublada y agradable. Castella cobró su trofeo y pasó seguidamente a la enfermería, donde fue intervenido de una cornada en la cara posterior interna del muslo derecho, con dos trayectorias, de diez y veinte centímetros, de pronóstico grave. Por ello, fue su cuadrilla quien paseó la oreja cortada.


¡Vaya petardo! La ganadería de Osborne dijo adiós a la Feria del Toro, más o menos, a las ocho y media de la tarde de ayer. Los seis toros intentaron tapar con su cara y su aparatosa leña el vacío de casta que ocultaban. Astifino escaparate y muy mansa trastienda.

Ahora bien, no olvidemos que se trata de una vacada que reclaman las figuras, tal vez por eso, por su mansedumbre, porque si les tocase vérselas con una corrida brava, más de una de esas autoproclamadas figuras iban a quedar en evidencia.

Los osborne carecieron de motor y anduvieron muy justos de fuerzas, características por las que en la muleta se defendieron, bien echando la cara arriba bien punteando. La limitada nobleza que mostraron se tornó en sosería, en insípido corto recorrido ya para las segundas tandas de muletazos.

 


Sólo un torero

 

Y si los toros de Osborne formaron un descastado rosario con el que pedir penitencia para recuperar la bravura perdida o anhelada y con ella poder regresar a Pamplona, únicamente un diestro se ganó claramente la repetición.

 

Castella puso a la plaza en vilo frente al quinto. Pero antes dibujó el mejor toreo de capa que se ha podido presenciar en lo que va de feria, media docena de verónicas cadenciosas, parsimoniosas, ajenas al tiempo y al lugar, gustándose y gustando, como él entiende el toreo, con serenidad y quietud. Después, la sal se tornó en pimienta con una chicuelina angustiosa por ceñida que dio paso a otras que, por lo menos, permitieron respirar.

 

 

Y de ese modo comenzó su faena, con una cambiado en los medios, pies juntos y erguida la figura, uno por alto y, de nuevo, cambiado, tan apretado como puro tango.

 

Fue el adelanto de casi nada pues el toro, por su falta de energías, echó la cara arriba por ambos pitones y no terminó de pasar. Con la espada, un pinchazo precedió a la buena estocada y el francés sólo pudo saludar para corresponder a la ovación que le tributaba el público pamplonés.

 

Con la llegada del quinto al último tercio los tendidos de la Monumental se impregnaron de aroma temerario. Castella lo embarcó en la muleta por redondos y el toro se echó al francés a los lomos. No hubo consecuencias lamentables. Siguió toreando con la diestra a un toro apagado y soso. Pero, al sentir que el triunfo se le escapaba y que no podía irse de vacío, optó por el arrimón, tan sereno como casi suicida. Unos circulares invertidos prologaron un par de cogidas materializadas en grave cornada, que se produjo por meterse, con épica valentía, en unos terrenos que ningún otro espada osa pisar.

 

La seriedad de la cornada se reflejó en ese impotencia del joven héroe, que no pudo dar la gloriosa vuelta con el trofeo logrado, oreja bañada en la serena sangre del francés.


Lo demás fue nada. Lo restante del festejo sobró, porque estuvo sumergido en la vulgaridad que rechaza la Pamplona sanferminera, decorada de inimitable blanco y rojo.

 

El Fandi y Jiménez defraudaron, cada uno a su estilo, pero defraudaron y su regreso a la feria quedó en suspenso, en el aire.

 

Lo del diestro granadino resultó preocupante. Nunca ha sido fino muletero pero que falle, como ayer, en su fuerte, en ese otrora vibrante segundo tercio, con los rehiletes, hace pensar en rápida pérdida de sitio. Y si encima empieza a no querer ver a algún toro, como hizo ayer con el primero, apaga y vámonos.

Jiménez fue el ejemplo de la vulgaridad empeñada en ser figura, algo difícil si no cambia.


 

 

 




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