Ganado: seis toros de Alcurrucén (primero, segundo y sexto con el hierro de Lozano Hermanos), de correcta presentación aunque desiguales, con cara pero mansos, deslucidos, sin casta y sin clase, salvo el tercero, un torito noble que repitió humillado y fue aplaudido en el arrastre.
Enrique Ponce: fuerte pitada y silencio tras aviso.
Manuel Jesús «El Cid»: silencio en ambos.
Salvador Cortés: dos orejas y silencio.
Presidencia: a cargo de Ignacio Pérez Cabañas, asesorado por Julio Fernández de Manzanos y Emilio de Hita, se mostró muy generosa en la concesión de la segunda oreja del tercero y creó así un triunfador. Mal.
Incidencias: lleno. Tarde agradable de nubes y claros. El segundo toro hirió en el cuello a un caballo de picar. Destacó Curro Robles con los rehiletes frente al tercero. Salvador Cortés salió a hombros.
¿Qué hemos hecho nosotros, los pamploneses, aficionados o no, para merecer esto? ¿Por qué la Casa de Misericordia volvió a contratar a esta ganadería sin haber hecho mérito alguno en la Feria del Toro? ¿Por exigencia de las figuras? Estamos ante todo un expediente X, propio del programa Cuarto Milenio, un misterio sin resolver para Iker Jiménez.
La corrida de ayer fue una sucesión de mansos sin paliativos, comenzada por dos marrajos y continuada por un noble dócil, dos descastadísimos de triste condición y un fortachón que acabó marmolillo perdido.
Vamos, un conjunto para olvidar, indigno de la Feria del Toro, insoportable, insufrible e intolerable.
La factoría de toros llamada Alcurrucén, que produce interminables camadas y donde la selección debe de ser mera anécdota, dijo ayer adiós a Pamplona para siempre, a perpetuidad. Antes de regresar, es preferible que se contrate una corrida de toros de Miranda de Pericalvo, o incluso de Marqués de Domecq u Osborne.
Triunfo menor
Con tal materia prima, merecedora de pira en la cabaña brava, el toreo fue escaso y se pudo exportar aburrimiento en muy pesadas dosis.
Sólo uno de los seis cuatreños se salvó de la quema. Fue el tercero, Gavilán, un torito ligero, anovillado, más propio de ferias como las de Burgos y Albacete. ¿De Marbellla? No, de ahí, no por exceso de cara.
Cortés, simplemente, estuvo digno con él. Comenzó la faena a lo Castella, con cambiados por detrás en el centro del anillo, pero con un estilo bastante menos depurado. Estuvo asentado después en dos tandas de derechazos ante ese torito noblón y dócil, ante ese tierno bombón que repetía ciego. En la segunda serie de naturales, cortas como las demás, ese asentamiento se tambaleó pues Gavilán ya había acortado el viaje.
El de Mairena de Aljarafe regresó a la diestra, que anduvo falta de limpieza. Tras unas embarulladas manoletinas, de aroma vulgar, dejó una estocada de efectos fulminantes que hizo innecesaria la puntilla. Una tormenta de pañuelos rojos, hambrientos de diversión, prologó la creación desde el palco del triunfador momentáneo de la feria.
Sin embargo, Cortés pudo hacer más y mejor ante ese tercero con el hierro de Alcurrucén, que no hay que olvidar que fue un toro de muy escasa importancia, nada digno del centro mundial del toro de lidia. Por tanto, lo justo habría sido la concesión de una oreja, trofeo de mucho menor peso que los logrados por Cruz y Marco.
El sevillano, triunfador ferial del año pasado, lo volvió a intentar frente al que cerró plaza, un castaño fuerte, que embistió sin clase alguna hasta que dijo basta y se paró en forma de estatua toruna. En definitiva, demasiado premio para la buena actuación de un Salvador Cortés, que volverá el año que viene.
Respecto a los otros dos diestros, Ponce sólo cometió un error: no justificarse más frente al marrajo que abrió plaza, al que él mismo calificó como «uno de los tres peores toros que me han caído en suerte». Y eso que habrá matado nada menos que unos tres mil ejemplares.
El toro no tenía un pase y el valenciano fue uno de los primeros en ver tan nefasta condición. Ahora bien, con la muleta tuvo que intentar mostrar al gran público las pésimas características del cuatreño. No fue mucho mejor su segundo pero Ponce, maestro hasta la sepultura, se cargó de oficio y se inventó una faena que el toro no tenía y que muy pocos espadas podrían haber hecho.
El Cid, sin toros, lo intentó.