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Oficina Internacional de Prensa Sanfermín

Los victorinos derramaron peligro

El presidente regaló un rabo a un Ferrera que sufrió dos cornadas y una vuelta al ruedo al último de la feria

Crónica de la Corrida. 14/07/2006.

Ganado: seis toros de Victorino Martín, correctamente presentados, cómodos de cara algunos, peligrosos los dos primeros, sin recorrido ni clase los dos segundos, noble soso el quinto y encastado el sexto, un buen cuatreño en la muleta, el mejor de la tarde. Este toro, llamado Hebijón, fue injustamente premiado con una vuelta al ruedo que nadie pidió.

Pepín Liria:
silencio tras aviso y saludos desde el tercio.
Luis Miguel Encabo:
silencio y saludos.
Antonio Ferrera:
saludos desde el tercio tras petición de oreja y dos orejas y rabo.

Presidencia:
a cargo de José Javier López, asesorado por Andrés Arriaga e Ignacio Usechi, cumplió su labor pésimamente pues no hizo caso alguno de sus asesores, e hizo un completo alarde de su ignorancia taurina a la hora de sacar los pañuelos. Sólo cuando escuchó a sus ayudantes, discurrió bien el festejo; exactamente, con la petición minoritaria de oreja en el tercero y con el acertado cambio de tercio de banderillas en el sexto, para evitar posibles desgracias del diestro.

Incidencias:
lleno. Tarde soleada, de calor agobiante. Antonio Ferrera recibió del tercer toro, Murriano, un puntazo corrido de ocho centímetros en la cara interna del muslo derecho. Pasó a la enfermería y salió para enfrentarse al sexto, del que sufrió otra cornada en la otra pierna. No pudo salir a hombros por la puerta del encierro ya que se fue derecho a la enfermería, donde fue intervenido de ambas heridas.


El abono sanferminero se cerró con un final de festejo indignante, más propio de feria pueblerina que del prestigioso ciclo taurino.

Y este bochornoso final sólo tuvo un culpable: el presidente. Cuando Ferrera enterró el estoque en el hoyo de Hebijón, el único buen toro de la corrida, el público, ante lo presenciado, agitó sus pañuelos con viveza. Era el último toro de la feria y durante 47 toros no se había divertido todo lo que quería.

Pero el presidente, por encima de todo y de todos, ignoró al público y a sus asesores. Sacó dos pañuelos casi seguidamente, luego un tercero, después lo recogió; a continuación lo volvió a colgar; y en su delirio de grandeza preguntó de qué color era el de la vuelta al ruedo; azul le dijeron; y, ¡tate!, lo encontró y se sintió satisfecho. Más vale que no le mintieron y le aseguraron que era de color naranja... José Javier López se hizo merecedor de sanción por su ignorancia taurina, por su absurdo protagonismo. Sanción que debe plasmarse, por lo menos, en que no vuelva a pisar palco alguno de plaza de toros, a perpetuidad. El resultado de tal prepotencia fue que el festejo acabó convertido en festival impropio incluso de plazas de tercera. Sobró el rabo, posiblemente la segunda oreja también, y sobre todo la vuelta al ruedo a un buen toro que no cumplió en varas, tercio que sirve, entre otras cosas, para calibrar la bravura del toro, señor López.

Respecto a los toros, Victorino volvió a fracasar pero no tanto, porque el encierro estuvo más en Victorino y porque el festejo tuvo interés por el peligro que derramaron los cuatro primeros, más descarado en primero y segundo, y por ese encastado sexto.

Ante él, Ferrera estuvo entre lo épico y lo suicida, entre el hambre de triunfo y lo descabellado, lo irracional. Con una cornada en su cuerpo, salió a por todas, sufrió otra y hasta el ambiente pudo adquirir matices trágicos, casi funestos.

Con unos vaqueros que le dieron al ruedo aspecto de capea, metió en la muleta a Hebijón y ligó más naturales que derechazos, más voluntariosos y rabiosos que elegantes. La estocada final, certera y precisa, no la asestó recibiendo sino a toro arrancado, pues no echó la muleta para que se arrancase el toro y aguantar su llegada hasta el embroque.

Se ganó a sangre su regreso el año que viene, al igual que Pepín y Luis Miguel, que dieron la cara ante verdaderas alimañas.



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