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Oficina Internacional de Prensa Sanfermín

ABC-El chupinazo desata la fiesta

lunes, 07 de julio de 2008

ABC. ALBERTO LARDIÉS. PAMPLONA. El sol se quería imponer a las nubes como si anhelara presenciar la explosión de júbilo que aguardaban con impaciencia miles de personas vestidas de rojo pasión y blanco infinito. Y el sol se impuso. Y con él, a las doce en punto de la mañana, llegó la fiesta vibrante de la calle, la alegría sin límite ni control, la juerga desbordante con olor a vino, la emoción imparable de una ciudad que durante nueve días es otra. Porque durante los sanfermines Pamplona es la capital del planeta, donde están fijas todas las miradas y donde están presentes visitantes de todo el mundo.

 

Desde un par de horas antes de las doce, miles de personas atestaban ya la plaza del Ayuntamiento y las calles adyacentes en una mañana nublada. Y la masa iba creciendo más y más en todo el casco viejo conforme se acercaba el momento en que debía sonar el cohete que da inicio a las celebraciones en honor a San Fermín.


La mecha de la felicidad
En el interior de la Casa Consistorial, la diputada y concejal por NaBai Uxue Barkos, encargada de lanzar el chupinazo, compartía nervios con autoridades y periodistas. Todos, hasta los más veteranos, eran presa de una emoción que iba in crescendo con cada minuto consumido. En la calle, las gargantas ansiosas trepidaban formando un sonido ensordecedor que sin duda ayudó a expulsar a las nubes que amenazaban con aguar el festejo.


Con gran puntualidad, se abrieron las ventanas de los balcones del tercer piso del Consistorio. Los decibelios que profería la masa aumentaron por encima de lo imaginable. Las nubes desaparecieron. Todos los presentes allí y todos los navarros del mundo sintieron que algo se estremecía en su interior. Barkos gritó los tradicionales «viva» y «gora» al santo y prendió la mecha de la felicidad.

 

Sonó en el cielo despejado la explosión y los saltos, abrazos y besos se hicieron aún más intensos. Como manda la tradición, tras el estallido llegó el momento de anudarse los pañuelos rojos al cuello. Y se desató la locura de unas fiestas inigualables que el Nobel Ernest Hemingway, su mejor embajador, calificó de «endemoniadamente divertidas».


Fue en 1923 cuando el autor de «Fiesta» llegó a Pamplona por primera vez. Y, según cuenta el escritor navarro José María Iribarren, también fue la primera visita a la ciudad de Francisco Grandmontagne, periodista del diario «El Sol», que describió así el ambiente que encontró: «Música por todas partes; bandas, charangas, guitarras, bandurrias, tamboriles, pitos y castañuelas: música militar, civil, eclesiástica (las campanas); música de viento, de cuerda, de laringe; lejos, cerca, a la derecha, a la izquierda, por cuantos sitios alcanza la percepción del oído, ya atrofiado por exceso de vibraciones melódicas.

 

Tal es la Pamplona de San Fermín. Aquel santo varón, decapitado en Amiens por orden del pretor romano, hubiera perdido también la cabeza, aunque en otra forma, si en tales días viviera en su ciudad natal». Idéntico a lo que ayer comenzó a vivirse tras el chupinazo.


ANV, como siempre
En medio de ese bullicio y de ese ambiente sano, los únicos que intentaron ser protagonistas de algo que no les toca fueron los de siempre: los concejales de ANV. Como ya hicieran el pasado año, Mikel Gastesi y Mariné Pueyo trataron de sacar al balcón del Ayuntamiento una ikurriña -igual a las que en la plaza sujeta una minoría que pretende pasar por mayoría-, pero agentes de la Policía Municipal se lo impidieron, les desalojaron y todo siguió su curso normal.


El resto de grupos municipales, como es preceptivo, animaron a todos los pamploneses y a todos los visitantes a disfrutar de las fiestas de San Fermín. Asimismo, el presidente del Gobierno navarro, Miguel Sanz, pidió a los vecinos de la capital que se comporten «como son» y disfruten. Por delante quedan 200 horas de fiesta ininterrumpida, y entre cuyos actos destacan los célebres encierros, que hoy a las ocho de la mañana comienzan.

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